La vida no descansa

al igual que los segunderos nunca mueren,

aunque tu reloj ya no tenga pilas...

El recuerdo no envejece a pesar

a pesar de las canas en tu pelo escaso,

en las arrugas palpables.

Ese segundo solo, nos queda

y el roce del sueño

que quizás creas que va muriendo.

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¿?

Ayer tuve el placer de sentarme durante 20 minutos, o 25, en un banco en pleno Murcia.

Estaba sola, almorzando y observando a quienes caminaban, o estaban sentados en puntos visibles.

A excepción, de tres mujeres de la tercera edad, y un chico que al verme allí se sentó a mi lado, y entabló conversación conmigo, todos iban con sus articulares puestos y con los celulares en las manos.

Si no somos capaces ni de escuchar el sonido de la vida, es decir, vamos con la música a todo volumen y no préstamos atención a la sociedad, a la calle, a los sonidos, o ruidos…

¿Podemos pensar por nosotros mismos y opinar?

 

Sí no miramos más que la pantallita pequeña que nos lleva de cabeza

¿Podemos conocer gente normalita y rentablemente sociable?

¿Dónde quedaron esas charlas entre vecinos?

¿Esas tardes de comer pipas mientras imaginas que pasa detrás de las ventanas que observas?

¿En qué momento comenzamos a dejar de ser humanos?

Al final, va a ser verdad que los robots van a dominar el mundo, siendo nosotros sus esclavos.

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Poema leído en la presentación.

En mis brazos lloras con el alma herida

te abrazo en mi pecho y silencias con sonrisas;

se llena el cuarto de amor cuando me miras

y siento yo, morir.

 

La oscuridad de la estancia inunda mis ojos,

prendo la bombilla en la lamparita azul

¿Y, ahora? Canta mi voz rota.

 

No te hallo entre las sábanas blancas y frías,

no te arropan mis brazos vacíos.

 

Y qué triste es el despertar,

caminando de puntillas, aunque él ya no está.

Apoyo mis manos en tu moisés

mezo el oxígeno de tu espíritu.

 

Qué mala madre fui, te ruego perdón

el único llanto audible es

el vaivén de la madera contra el suelo helado.

Te dejé con el diablo,

cinco minutos eran suficientes,

Satán te tomó y Satán te llevó.

 

Sus golpes en mí no eran veneno,

su crueldad en mis oídos no eran fuego;

los moratones se pueden ocultar bajo el vaquero,

la inseguridad bajo el maquillaje en el espejo.

 

Pero cuando el ángel llegó era tarde

y él me envenenó eterna en la hoguera insaciable,

dejando amoratada mi alma, agotado el cosmético;

rotos los reflejos y sordos mis oídos.

 

Él ya no está en casa pequeña,

pero aún temo que tu llanto le altere.

 

Cada noche a la misma hora

acudes a mis sueños con tu sentir,

y yo en tu moisés me pierdo.

Es el amanecer quien me devuelve

con el sonar de timbre y la abuela en la puerta.

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Os dejo un poquito más

LXI

Llegaron los segundos de sagrado silencio

la soledad de los minutos

en compañía, espíritu.

Transportada a mi lugar de eterno retorno

delicadas palabras sin guantes

van y vienen al manuscrito.

Me devuelve al ser abandonado

quejido débil de espadas de tintas en

pieles blancas y desnudas a la pluma

y con todo siempre sacia

esta irracionalidad de desorden en mi mente.

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LX

No sé qué es de mayor gravedad

desaparecer

o querer desaparecer por propia voluntad.

Hacerme en mi isla huracán

todo por mis vientos sin direcciones,

en mis lluvias

mojando la tinta que borran mis secretos;

rompiendo el papel que tantas

y tantas... veces

me ha hecho presa y no el alma.

Reteniendo mis pies,

sin soltar mis manos,

turbando mis pensares que solo ven y ven

papel escrito

papel en blanco...

y,

es un regalo o una maldición me pregunto...

No se que es peor,

si aceptarlo

o disfrutarlo...

y es que en mi isla vivo y muero

sin nadie, y sin remedios....

conmigo, y con mis fieles poemas

ya

olvidados.

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